Qué estupenda sensación es la de estar de vacaciones.
Casi casi me quedo con la sensación de ese último día de trabajo, ese último madrugón, esas ocho horas laborales en las que tu cuerpo está ya con la bandera bajada y haciendo fiesta por su cuenta. Todo te da lo mismo, miras a los demás con una sonrisa de oreja a oreja, piensas en la siesta que te vas a pegar porque mañana no hay que levantarse temprano... Es un lujo que, por ejemplo, los muy ricos que no tienen que trabajar a las ocho de la mañana, no tienen. No todo lo iban a tener, ¿no?
Pues así estoy yo desde ayer. Tanto es así que mi vida ayer se desarrolló como si fuera un sábado, y hoy... ¡¡Queda tanto para la reincorporación!! (En mi cabeza es mucho, pero en realidad es una semanita, ¡pero qué semanita!).
Podría hacerme la interesante y decir que en mi estado de incoherencia matemática, necesitaba estas vacaciones más que nadie, pero nooooo, da igual. Las hubiera agradecido igual siendo una, estando menos cansada, no teniendo pérdidas ni ahogos.
¡Ay! ¿No es mágica la palabra "vacaciones"?
Chaoo!!
PD: no quiero ni pensar qué pensaré cuando lea este post la tarde antes de incorporarme. Por si acaso, lo he organizado todo para que se autodestruya en un plazo de siete días,jejeje.